clase enérgica es el buen sentido, que actúa bajo ciertas limitaciones y hacia ciertos fines. Acoge todo don natural. De naturaleza social, respeta todo aquello que tiende a unir a los hombres. Se deleita en la medida. El amor a la belleza es principalmente el amor a la medida o la proporción. La persona que chilla, o usa el grado superlativo, o conversa con ardor, pone en fuga a salones enteros. Si deseas ser amado, ama la medida. Has de poseer genio o una utilidad prodigiosa para ocultar la falta de medida. Esta percepción interviene para pulir y perfeccionar las piezas del instrumento social. La sociedad perdonará mucho al genio y a los dones especiales, pero, al ser por naturaleza una convención, ama lo convencional, o aquello que propicia el encuentro. Eso es lo que hace que los modales sean buenos o malos, a saber, lo que ayuda o entorpece la camaradería. Pues la moda no es el buen sentido absoluto, sino relativo; no el buen sentido privado, sino el buen sentido que agasaja a la compañía. Odia los rincones y las aristas agudas del carácter; odia a la gente pendenciera, egoísta, solitaria y melancólica; odia todo aquello que pueda interferir con la total fusión de los grupos; al tiempo que valora como sumamente refrescante cualquier peculiaridad que sea compatible con la buena convivencia. Y además de la infusión general de ingenio para realzar la civilidad, el resplandor directo del poder intelectual siempre es bienvenido en la buena sociedad como el más costoso añadido a su norma y a su prestigio.
La luz seca debe brillar para adornar nuestro festival, pero debe ser moderada y matizada, o eso también ofenderá. La exactitud es esencial para la belleza, y las percepciones rápidas para la cortesía, pero no percepciones demasiado rápidas. Uno puede ser demasiado puntual y demasiado preciso. Debe dejar la omnisciencia de los negocios en la puerta cuando entra al palacio de la belleza.