También esa ansia de un efecto manifiesto o práctico me parece una apostasía.
De verdad estoy dispuesto a prescindir de esta amplísima e innecesaria porción de acción.
La vida se me presenta con un rostro visionario. La acción más dura y áspera también es visionaria. No es sino una elección entre sueños suaves y turbulentos.
La gente menosprecia el saber y la vida intelectual, e incita a la acción. Estoy muy satisfecho con el saber, con tal de que pudiera saber. Eso es un entretenimiento augusto, y me bastaría por un largo tiempo. Saber un poco bien valdría el precio de este mundo.
Escucho siempre la ley de Adrastea, «que toda alma que hubiera adquirido alguna verdad, estaría a salvo de todo daño hasta otro período».
Sé que el mundo con el que converso en la ciudad y en las granjas no es el mundo que pienso. Observo esa diferencia, y la observaré. Un día conoceré el valor y la ley de esta discrepancia. Pero no he descubierto que se gane gran cosa con intentos manipuladores para realizar el mundo del pensamiento. Muchas personas ávidas hacen sucesivamente un experimento de este modo, y se hacen ridículas. Adquieren modales democráticos, echan espuma por la boca, odian y niegan. Peor aún,