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Confianza en uno mismo

La indagación nos conduce a esa fuente, que es al mismo tiempo la esencia del genio, de la virtud y de la vida, a la que llamamos Espontaneidad o Instinto. Denominamos a esta sabiduría primaria Intuición, mientras que todas las enseñanzas posteriores son enseñanzas adquiridas. En esa fuerza profunda, el último hecho más allá del cual el análisis no puede avanzar, todas las cosas encuentran su origen común.

Porque el sentido del ser que en las horas de calma se eleva, no sabemos cómo, en el alma, no es diverso de las cosas, del espacio, de la luz, del tiempo, del hombre, sino uno con ellas y procede evidentemente de la misma fuente de donde proceden también su vida y su ser.

Primero compartimos la vida por la cual existen las cosas y después las vemos como apariencias en la naturaleza y olvidamos que hemos compartido su causa.

He aquí la fuente de la acción y del pensamiento. He aquí los pulmones de esa inspiración que otorga al hombre la sabiduría y que no puede ser negada sin impiedad y ateísmo.

Nosotros yacemos en el regazo de una inteligencia inmensa, que nos hace receptores de su verdad y órganos de su actividad.

Cuando discernimos la justicia, cuando discernimos la verdad, no hacemos nada por nosotros mismos, sino que permitimos el paso a sus rayos.

Si preguntamos de dónde viene esto, si intentamos indagar en el alma que la causa, toda la filosofía se queda corta. Su presencia o su ausencia es todo lo que podemos afirmar.

Todo hombre distingue entre los actos voluntarios de su mente y sus percepciones involuntarias, y sabe que a sus percepciones involuntarias se

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