Así somos puestos en entrenamiento para un amor que no conoce sexo, ni persona, ni parcialidad, sino que busca la virtud y la sabiduría en todas partes, con el fin de acrecentar la virtud y la sabiduría.
Somos por naturaleza observadores y, por ende, aprendices. Ese es nuestro estado permanente.
Pero a menudo se nos hace sentir que nuestros afectos no son más que tiendas de campaña de una sola noche. Aunque lenta y penosamente, los objetos de los afectos cambian, al igual que cambian los objetos del pensamiento.
Hay momentos en que los afectos gobiernan y absorben al hombre y hacen que su felicidad dependa de una persona o personas. Pero en la salud la mente vuelve a percibirse al punto —su bóveda suprema, brillante con galaxias de luces inmutables, y los cálidos amores y temores que pasaron sobre nosotros como nubes deben perder su carácter finito y fundirse con Dios, para alcanzar su propia perfección.
Pero no necesitamos temer que podamos perder nada por el progreso del alma. Se puede confiar en el alma hasta el final. Lo que es tan bello y atractivo como estas relaciones debe ser sucedido y suplantado únicamente por lo que sea más bello, y así por siempre jamás.