Ningún hombre puede anticipar su experiencia, ni adivinar qué facultad o sentimiento desencadenará un nuevo objeto, del mismo modo que no puede dibujar hoy el rostro de una persona a quien verá mañana por primera vez.
No iré ahora más allá de la afirmación general para explorar la razón de esta correspondencia. Baste decir que, a la luz de estos dos hechos, a saber, que la mente es Una y que la naturaleza es su correlato, debe leerse y escribirse la historia.
Así, de todas las maneras, el alma concentra y reproduce sus tesoros para cada discípulo. Él también atravesará todo el ciclo de la experiencia. Concentrará en un foco los rayos de la naturaleza. La historia dejará de ser un libro aburrido. Andará encarnada en cada hombre justo y sabio. No me hablarán mediante lenguas y títulos de un catálogo de los volúmenes que han leído. Me harán sentir qué épocas han vivido. Un hombre será el Templo de la Fama. Caminará, como los poetas han descrito a esa diosa, con un manto pintado por todas partes de acontecimientos y experiencias maravillosas;—su propia forma y sus rasgos, por su inteligencia exaltada, serán esa vestidura recamada. En él hallaré el Mundo Antiguo; en su infancia la Edad de Oro, las Manzanas del Saber, la Expedición Argonáutica, la vocación de Abraham, la construcción del Templo, el Advenimiento de Cristo, la Época Oscura, el Renacimiento de las Letras, la Reforma, el descubrimiento de nuevas tierras, la apertura de nuevas ciencias y de nuevas regiones en el hombre. Él será el sacerdote de Pan, y traerá consigo a las humildes cabañas la bendición