Pero una esperanza sublime alienta siempre al corazón fiel, la de que en otra parte, en otras regiones del poder universal, almas están ahora actuando, soportando y osando, que pueden amarnos y a las que podemos amar. Podemos felicitarnos de que el período de minoría de edad, de locuras, de desatinos y de vergüenza, transcurra en la soledad, y cuando seamos hombres maduros estrecharemos manos heroicas con manos heroicas. Que lo que ya ves te sirva tan solo de advertencia para no concertar pactos de amistad con personas mediocres, donde no puede haber amistad alguna. Nuestra impaciencia nos delata en alianzas precipitadas y necias a las que ningún dios asiste. Al persistir en tu camino, aunque renuncies a lo poco, ganas lo grande. Te manifiestas de tal modo que te pones fuera del alcance de las relaciones falsas, y atraes hacia ti a los primogénitos del mundo —esos raros peregrinos de los cuales solo uno o dos deambulan por la naturaleza a la vez, y ante los cuales los grandes vulgares se muestran meramente como espectros y sombras.
Es necio temer que hagamos nuestros lazos demasiado espirituales, como si así pudiéramos perder cualquier amor genuino. Cualquier corrección que hagamos de nuestras opiniones populares a partir de la intuición, la naturaleza se encargará de respaldarla, y aunque parezca robarnos algo de alegría, nos recompensará con una mayor. Sintamos, si queremos, el aislamiento absoluto del hombre. Estamos seguros de que lo tenemos todo en nosotros. Vamos a Europa, o perseguimos a personas, o leemos libros, en la fe instintiva de que estos lo evocarán y nos revelarán a nosotros mismos. Mendigos todos. Las personas son tales como nosotros; la Europa, una vieja y descolorida prenda de personas muertas; los libros, sus fantasmas. Abandonemos esta idolatría. Pongamos fin a esta mendicidad. Despidámonos incluso de nuestros amigos más queridos, y desafiémoslos