está, es de día; donde estuvo, es de noche; y la historia es una impertinencia y un agravio si es algo más que un alegre apólogo o parábola de mi ser y mi devenir.
El hombre es tímido y apologético; ya no está erguido; no se atreve a decir «yo pienso», «yo soy», sino que cita a algún santo o sabio. Siente vergüenza ante la brizna de hierba o la rosa que se mecía con el viento.
Estas rosas bajo mi ventana no hacen referencia a rosas anteriores ni a otras mejores; son para lo que son; existen con Dios hoy. No hay tiempo para ellas. Sencillamente está la rosa; es perfecta en cada momento de su existencia.
Antes de que un brote de hoja haya reventado, actúa toda su vida; en la flor abierta por completo no hay más; en la raíz sin hojas no hay menos. Su naturaleza está satisfecha y satisface a la naturaleza en todos los momentos por igual.
Pero el hombre aplaza o recuerda; no vive en el presente, sino que con la mirada al revés lamenta el pasado, o bien, sin importarle las riquezas que lo rodean, se pone de puntillas para vislumbrar el futuro. No puede ser feliz y fuerte hasta que él también viva con la naturaleza en el presente, por encima del tiempo.
Esto debería ser bastante claro. Sin embargo, ved qué grandes intelectos aún no se atreven a escuchar a Dios mismo a menos que hable con la fraseología de no sé qué David, o Jeremías, o Pablo. No siempre atribuiremos un precio tan alto a unos pocos textos, a unas pocas vidas. Somos como los niños que repiten de memoria las frases de las abuelas y los preceptores y, a medida que crecen, las de los hombres de talento y carácter con los que tropiezan —recordando dolorosamente las palabras exactas que dijeron—; después, cuando llegan al punto de vista que tenían aquellos que pronunciaron tales dichos, los comprenden y