individuos que componen los círculos más puros de la aristocracia en Europa, la sangre custodiada de los siglos, desfilasen en revisión de tal modo que pudiéramos inspeccionar con detenimiento y sentido crítico su comportamiento, tal vez no hallaríamos ningún caballero ni ninguna dama; porque, aunque excelentes muestras de cortesía y buena educación nos gratificarían en el conjunto, en los detalles detectaríamos ofensas. Porque la elegancia no proviene de la educación, sino del nacimiento. Debe haber romanticismo de carácter, o la más quisquillosa exclusión de las impertinencias de nada servirá. Ha de ser el genio el que tome esa dirección: no debe ser cortés, sino la cortesía misma. El comportamiento elevado es tan raro en la ficción como en la realidad. Se alaba a Scott por la fidelidad con la que retrató el comportamiento y la conversación de las clases superiores. Ciertamente, reyes y reinas, nobles y grandes damas, tenían cierto derecho a quejarse del absurdo que se había puesto en sus bocas antes de los días de Waverley; pero el diálogo de Scott tampoco soporta la crítica. Sus lores se desafían mutuamente con agudos discursos epigramáticos, pero el diálogo es de atrezo y no complace en una segunda lectura: no vibra con la vida. Solo en Shakespeare los interlocutores no se pavonean ni se enojan; el diálogo es excelsamente natural, y él añade a sus múltiples títulos el de ser el hombre mejor educado de Inglaterra y de la cristiandad. Una o dos veces en la vida se nos permite disfrutar del encanto de unos modales nobles, en presencia de un hombre o una mujer que no tienen traba alguna en su naturaleza, sino cuyo carácter emana libremente en su palabra y en su gesto. Una hermosa forma es mejor que un hermoso rostro; un hermoso comportamiento es mejor que una hermosa forma: produce un placer mayor que las estatuas o las pinturas; es la más fina de las bellas artes. Un hombre no es más que una pequeñez en medio de los objetos de la naturaleza, sin embargo, por la cualidad moral que irradia de su rostro puede anular toda consideración de magnitud y, en sus modales, igualar la majestad del mundo. He visto a un individuo cuyos modales, aunque enteramente dentro de las convenciones de la sociedad elegante, jamás fueron aprendidos allí, sino que
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Modales
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