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Prudencia

tiempo, pero aun así miramos las nubes y la lluvia.

Se nos enseña por medio de estas mezquinas experiencias que usurpan las horas y los años.

El suelo duro y cuatro meses de nieve hacen que el habitante de la zona templada del norte sea más sabio y capaz que su prójimo que disfruta de la sonrisa fija de los trópicos.

El isleño puede deambular a su antojo todo el día. Por la noche puede dormir sobre una estera bajo la luna, y dondequiera que crezca una palmera datilera silvestre, la naturaleza, sin necesidad siquiera de una plegaria, ha tendido una mesa para su comida matutina.

El norteño es por fuerza un hombre de hogar. Debe elaborar cerveza, hornear, salar y conservar sus alimentos, y apilar leña y carbón. Pero como ocurre que el trabajo no puede dar ni un solo golpe sin entablar algún nuevo conocimiento con la naturaleza, y como la naturaleza es inagotablemente significativa, los habitantes de estos climas siempre han superado al sureño en fuerza.

Tal es el valor de estos asuntos que un hombre que conoce otras cosas nunca sabrá demasiado acerca de estos.

Que tenga percepciones exactas. Que, si tiene manos, manipule; si ojos, mida y discrimine; que acepte y guarde en su colmena cada hecho de la química, la historia natural y la economía; cuanto más tenga, menos dispuesto estará a prescindir de cualquiera de ellos.

El tiempo siempre trae las ocasiones que revelan su valor. Alguna sabiduría surge de cada acción natural e inocente.

El hombre hogareño, que no ama ninguna música tanto como la de su reloj de cocina y las melodías que los leños le cantan al arder en el hogar, tiene consuelos con los que otros jamás sueñan.

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