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Naturaleza

Los astrónomos dijeron: «Danos materia y un poco de movimiento y construiremos el universo. No basta con que tengamos materia, debemos tener también un solo impulso, un solo empuje para lanzar la masa y generar la armonía de las fuerzas centrífuga y centrípeta. Una vez que arrojéis la bola de la mano, podremos mostrar cómo creció todo este orden poderoso».⁠—«Un postulado muy irrazonable —dijeron los metafísicos—, y una clara petición de principio. ¿No podríais llegar a conocer la génesis de la proyección, así como su continuación?». La naturaleza, entretanto, no había esperado la discusión, sino que, con razón o sin ella, concedió el impulso, y las bolas rodaron. No fue gran cosa, un mero empuje, pero los astrónomos tenían razón en darle tanta importancia, pues no hay fin para las consecuencias del acto. Aquel famoso empuje aborigen se propaga a través de todas las bolas del sistema, y a través de cada átomo de cada bola; a través de todas las razas de criaturas, y a través de la historia y las acciones de cada individuo. La exageración está en el orden de las cosas. La naturaleza no envía a ninguna criatura, a ningún hombre al mundo sin añadir un pequeño exceso de su cualidad propia. Dado el planeta, sigue siendo necesario añadir el impulso; así, a cada criatura la naturaleza le añadió un poco de violencia de dirección en su camino propio, un empuje para ponerla en marcha; en cada caso una ligera generosidad, una gota de más. Sin electricidad el aire se pudriría, y sin esta violencia de dirección que tienen los hombres y las mujeres, sin una pizca de bigardo y fanático, no hay entusiasmo, no hay eficacia. Apuntamos por encima del blanco para darle al blanco. Todo acto encierra cierta falsedad de exageración. Y cuando de vez en cuando aparece algún hombre triste y de mirada aguda, que ve cuán mezquino es el juego que se juega, y se niega a jugar, pero va y chivatea el secreto;⁠—¿qué pasa entonces? ¿Se ha escapado el pájaro? Ah, no, la cauta naturaleza envía una nueva tropa de formas más bellas, de jóvenes más señoriales, con un poco más de exceso de dirección

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