Lo mismo cabe decir de la pintura. Y en cuanto a la poesía, el éxito no se alcanza cuando adormece y satisface, sino cuando nos asombra y nos enciende con nuevos afanes en pos de lo inalcanzable. A propósito de ella, Landor se pregunta «si no habrá que remitirla a algún estado más puro de sensación y existencia».
Del mismo modo, la belleza personal resulta entonces encantadora por primera vez y por sí misma cuando nos deja insatisfechos con cualquier fin; cuando se convierte en una historia sin fin; cuando sugiere destellos y visiones y no satisfacciones terrenales; cuando parece
«demasiado brillante y buena / Para el alimento diario de la naturaleza humana»;
cuando hace que el espectador sienta su propia indignidad; cuando no puede sentir su derecho a ello, aunque fuera César; no puede sentir más derecho a ello que al firmamento y a los esplendores de una puesta de sol.
De ahí surgió el dicho: «Si te amo, ¿qué te importa?».
Decimos esto porque sentimos que lo que amamos no está en tu voluntad, sino por encima de ella. No eres tú, sino tu resplandor. Es aquello que no conoces en ti mismo y que nunca podrás conocer.
Esto concuerda muy bien con aquella alta filosofía de la Belleza en la que los antiguos escritores se deleitaban; pues decían que el alma del hombre, encarnada aquí en la tierra, andaba errante de arriba abajo en busca de aquel otro mundo propio del cual vino a este, pero pronto quedaba aturdida por la luz del sol natural, e incapaz de ver otros objetos que los de este mundo, que no son sino sombras de las cosas reales. Por tanto, la Divinidad envía la gloria de la juventud ante el alma, para que esta pueda valerse de los cuerpos bellos como ayudas para su