Pero el artificio con el que está hecho el mundo también se infiltra en la mente y el carácter de los hombres. Ningún hombre está completamente cuerdo; cada uno lleva una veta de locura en su composición, una ligera congestión de sangre en la cabeza, para asegurarse de sujetarlo firmemente a algún punto que la naturaleza se ha tomado a pecho. Las grandes causas nunca se juzgan por sus méritos; sino que la causa se reduce a particularidades para ajustarse a la medida de los partidarios, y la contienda siempre es más acalorada en los asuntos menores. No menos notable es la fe desmedida de cada hombre en la importancia de lo que tiene que hacer o decir. El poeta, el profeta, le otorga un valor más alto a lo que enuncia que cualquier oyente, y por eso llega a expresarse. El fuerte y autocomplaciente Lutero declara con un énfasis inconfundible que «Dios mismo no puede prescindir de los hombres sabios». Jacob Behmen y George Fox delatan su egoísmo en la pertinacia de sus opúsculos polémicos, y James Naylor una vez se dejó adorar como el Cristo. Cada profeta termina por identificarse con su pensamiento y por estimar sagrados su sombrero y sus zapatos. Por mucho que esto desacredite a tales personas ante los juiciosos, les ayuda ante el pueblo, ya que confiere calor, pungencia y publicidad a sus palabras. Una experiencia similar no es infrecuente en la vida privada. Todo joven y ardiente escribe un diario, en el cual, cuando llegan las horas de oración y penitencia, inscribe su alma. Las páginas así escritas son para él ardientes y fragagantes; las lee de rodillas a la medianoche y junto al lucero del alba; las moja con sus lágrimas; son sagradas; demasiado buenas para el mundo, y apenas dignas de ser mostradas al amigo más querido. Este es el varoncito que nace para el alma, y su vida aún circula en el bebé. El cordón umbilical todavía no ha sido cortado.
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Naturaleza
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