Anteo fue sofocado por el abrazo de Hércules, pero cada vez que tocaba a su madre tierra su fuerza se renovaba. El hombre es el gigante roto, y en toda su debilidad tanto su cuerpo como su mente se vigorizan con los hábitos de la conversación con la naturaleza.
El poder de la música, el poder de la poesía, para desanudar y por decirlo así dar alas a la naturaleza sólida, interpreta el enigma de Orfeo.
La percepción filosófica de la identidad a través de las interminables mutaciones de la forma le hace conocer a Proteo.
¿Qué otra cosa soy yo, que reí o lloré ayer, que dormí anoche como un cadáver, y esta mañana estuve de pie y eché a correr?
¿Y qué veo por todas partes sino las transmigraciones de Proteo?
Puedo simbolizar mi pensamiento usando el nombre de cualquier criatura, de cualquier hecho, porque cada criatura es el hombre, ya sea agente o paciente.
Tántalo no es sino un nombre para ti y para mí. Tántalo significa la imposibilidad de beber las aguas del pensamiento que siempre brillan y se agitan a la vista del alma.
La transmigración de las almas no es ninguna fábula. Ojalá lo fuera; pero los hombres y las mujeres son solo medio humanos. Cada animal del corral, del campo y del bosque, de la tierra y de las aguas que están debajo de la tierra, se ha apañado para conseguir un punto de apoyo y dejar la huella de sus rasgos y su forma en uno u otro de estos seres erguidos que miran al cielo.
¡Ah!, hermano, detén el flujo menguante de tu alma —que mengua hacia abajo adentrándose en las formas en cuyos hábitos te has deslizado ya desde hace muchos años—.