Así, el hábito de vida del poeta debería establecerse en un tono tan bajo que las influencias comunes debieran deleitarle. Su alegría debería ser el don de la luz del sol; el aire debería bastar para su inspiración, y debería estar ebrio de agua. Ese espíritu que satisface a los corazones tranquilos, que parece brotar hacia ellos desde cada loma reseca de hierba marchita, desde cada tocón de pino y piedra medio incrustada sobre la que brilla el apagado sol de marzo, brota hacia los pobres y hambrientos, y hacia aquellos de gusto sencillo. Si llenas tu cerebro de Boston y Nueva York, de moda y codicia, y quieres estimular tus sentidos ajados con vino y café francés, no hallarás resplandor de sabiduría en el yermo solitario de los pinares.
Si la imaginación embriaga al poeta, no está inactiva en los demás hombres. La metamorfosis excita en el espectador una emoción de alegría. El uso de los símbolos posee un cierto poder de emancipación y regocijo para todos los hombres. Parecemos ser tocados por una varita que nos hace bailar y correr alegremente, como niños. Somos como personas que salen de una cueva o sótano al aire libre. Este es el efecto que producen en nosotros los tropos, las fábulas, los oráculos y todas las formas poéticas. Los poetas son, por tanto, dioses liberadores. Los hombres en verdad han adquirido un nuevo sentido y han hallado dentro de su mundo otro mundo, o un nido de mundos; pues, una vez vista la metamorfosis, intuimos que no se detiene. No consideraré ahora cuánto de esto constituye el encanto del álgebra y las matemáticas, que también tienen sus tropos, pero se hace sentir en cada definición; como cuando Aristóteles define el espacio como un vaso inmóvil en el que están contenidas las cosas; o cuando Plato define una línea como un punto que fluye; o la figura como el límite de un sólido; y muchas otras semejantes. Qué alegre sentido de la libertad tenemos cuando Vitruvio anuncia la vieja opinión de los artistas de que ningún arquitecto puede