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Historia

de las estrellas matutinas y todos los beneficios consignados del cielo y de la tierra.

¿Hay algo de soberbio en esta afirmación? Entonces rechazo todo lo que he escrito, pues ¿de qué sirve fingir saber lo que no sabemos? Pero es culpa de nuestra retórica que no podamos afirmar con fuerza un hecho sin parecer desmentir algún otro.

Estimo en muy poco nuestro conocimiento actual. Escucha a las ratas en la pared, ve al lagartijo en la cerca, el hongo bajo el pie, el liquen en el tronco. ¿Qué sé yo simpática, moralmente, de cualquiera de estos mundos de vida? Tan antiguas como el hombre caucásico —tal vez más—, estas criaturas han guardado su secreto junto a él, y no hay registro de palabra o seña alguna que haya pasado de uno al otro.

¿Qué conexión muestran los libros entre los cincuenta o sesenta elementos químicos y las eras históricas? Es más, ¿qué registra aún la historia de los anales metafísicos del hombre? ¿Qué luz arroja sobre aquellos misterios que ocultamos bajo los nombres de Muerte e Inmortalidad?

Sin embargo, toda historia debería escribirse con una sabiduría que adivinara el alcance de nuestras afinidades y contemplara los hechos como símbolos. Me avergüenza ver qué relato aldeano y superficial es nuestra mal llamada Historia. ¡Cuántas veces debemos decir Roma, París y Constantinopla! ¿Qué sabe Roma de la rata y del lagartijo? ¿Qué son las Olimpiadas y los Consulados para estos sistemas de existencia vecinos? Es más, ¿qué alimento, experiencia o auxilio tienen para el cazador de focas esquimal, para el canaca en su canoa, para el pescador, el estibador, el porteador?

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