la hidrofobia que le hace ladrar a su esposa y a sus niños; la locura que le hace comer hierba; la guerra, la peste, el cólera, la hambruna, indican una cierta ferocidad en la naturaleza que, así asomó por el crimen humano, debe encontrar salida por el sufrimiento humano. Desgraciadamente no existe ningún hombre que no se haya convertido, en su propia persona y hasta cierto punto, en accionista del pecado, haciéndose así responsable de una parte de la expiación.
Por tanto, nuestra cultura no debe omitir el armar al hombre.
Escuche a su tiempo que ha nacido en estado de guerra, y que la república y su propio bienestar exigen que no ande danzando entre los ropajes de la paz, sino que, prevenido, dueño de sí mismo y sin desafiar ni temer al trueno, tome en su mano tanto su reputación como su vida y, con perfecta urbanidad, desafíe la horca y a la muchedumbre mediante la verdad absoluta de su palabra y la rectitud de su conducta.
Frente a todo este mal externo, el hombre interior adopta una actitud belicosa y afirma su capacidad para enfrentarse a solas con el infinito ejército de enemigos.
A esta actitud militar del alma le damos el nombre de Heroísmo.
- Su forma más rudimentaria es el desprecio por la seguridad y la comodidad, que es lo que hace atractivo el valor de la guerra.
- Es una confianza en sí mismo que desdeña las restricciones de la prudencia, en la plenitud de su energía y de su poder para reparar los daños que pueda sufrir.
El héroe posee una mente de tal equilibrio que ninguna perturbación puede quebrantar su voluntad; antes bien, grata y por decirlo así