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Modales

La compañía de la clase enérgica, en sus encuentros amistosos y festivos, está llena de valor y de tentativas que intimidan al pálido erudito. El valor que muestran las muchachas es como una batalla de Lundy’s Lane, o un combate naval. El intelecto confía en la memoria para aportar algunos recursos con que hacer frente a estos escuadrones improvisados. Pero la memoria es un mendigo ruin con cesta y placa, ante la presencia de estos repentinos amos. Los gobernantes de la sociedad deben estar a la altura de la obra del mundo, y a la altura de su versátil cargo: hombres del auténtico patrón cesariano, que poseen una gran gama de afinidades. Estoy lejos de creer en la tímida máxima de Lord Falkland («que para la ceremonia hacen falta dos; puesto que un tipo audaz atraviesa las formas más astutas»), y soy de la opinión de que el caballero es el tipo audaz cuyas formas no pueden quebrantarse; y solo es legítimo amo aquella naturaleza generosa que es el complemento de cualquier persona con la que conversa. Mi caballero impone la ley allí donde está; superará a los santos en la capilla rezando, a los veteranos en el campo de batalla estrategeando, y eclipsará toda cortesía en el salón. Es buena compañía para los piratas y se entiende bien con los académicos; de modo que es inútil fortificarse contra él; tiene la entrada privada a todas las mentes, y tan fácilmente podría excluirme a mí mismo como a él. Los caballeros famosos de Asia y Europa han sido de este tipo fuerte: Saladino, Sapor, el Cid, Julio César, Escipión, Alejandro, Pericles y los personajes más señoriales. Se sentaban con total descuido en sus sillas, y eran demasiado excelentes en sí mismos como para valorar en mucho cualquier condición.

Una fortuna abundante se considera necesaria, según el juicio popular, para la plenitud de este hombre mundano; y es un sustituto material el que recorre el baile que la primera ha encabezado.

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