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Naturaleza

El objeto presente habrá de infundirles esa sensación de quietud que sigue a un desfile que acaba de marchar. ¡Qué distancia tan espléndida, qué recovecos de pomposidad y encanto inefables en la puesta de sol! Mas ¿quién puede ir a donde se encuentran, o poner su mano o plantar su pie sobre ellos? Se desprenden del mundo redondo por los siglos de los siglos. Sucede lo mismo entre los hombres y las mujeres que entre los árboles silenciosos; siempre una existencia remitida, una ausencia, jamás una presencia y satisfacción. ¿Es que la belleza jamás puede ser apresada? ¿Es igualmente inaccesible en las personas y en el paisaje? El novio aceptado y prometido ha perdido el encanto más arrebatador de su doncella en la aceptación de este por parte de ella. Ella era el cielo mientras él la perseguía como a una estrella: no puede ser el cielo si se rebaja ante alguien como él.

¿Qué diremos de esta omnipresente aparición de aquel primer impulso proyectil, de este halago y frustración de tantas criaturas bienintencionadas? ¿No hemos de suponer en alguna parte del universo una leve traición y burla? ¿No estamos abocados a un serio resentimiento por este uso que se hace de nosotros? ¿Somos truchas cosquilleas y bufones de la naturaleza? Una sola mirada al rostro del cielo y de la tierra aquietada toda petulancia y nos sosiega hacia convicciones más sabias. Para el inteligente, la naturaleza se convierte en una vasta promesa, y no ha de ser explicada precipitadamente. Su secreto permanece inescrutable. Llegan muchos y muchos Edipos; lleva el misterio entero bullendo en el cerebro. ¡Ay! el mismo sortilegio ha estropeado su destreza; no puede articular sílaba alguna en sus labios. Su poderosa órbita se arquea como el fresco arco iris en lo profundo, mas ninguna ala de arcángel fue aún lo suficientemente fuerte como para seguirla y dar cuenta del retorno de la curva.

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