El pintor, el escultor, el compositor, el rapsoda épica, el orador, todos participan de un deseo, a saber, expresarse simétrica y abundantemente, no de manera enana y fragmentaria. Se encuentran o se ponen en ciertas condiciones, como el pintor y el escultor ante algunas figuras humanas impresionantes; el orador, en la asamblea del pueblo; y los demás en escenarios tales como cada uno ha hallado estimulantes para su intelecto; y cada cual siente pronto el nuevo deseo. Oye una voz, ve una seña que lo llama. Entonces se le anuncia, con asombro, qué hordas de daones lo cercan. Ya no puede descansar; dice, con el viejo pintor: «Por Dios, está en mí y ha de salir de mí». Persigue una belleza, apenas vista, que huye ante él. El poeta vierte versos en toda soledad. La mayoría de las cosas que dice son convencionales, sin duda; pero al poco rato dice algo que es original y hermoso. Eso lo cautiva. No querría decir otra cosa que semejantes cosas. A nuestra manera de hablar decimos «Eso es tuyo, esto es mío»; pero el poeta sabe bien que no es suyo; que le es tan ajeno y hermoso como a ti; desearía escuchar una elocuencia semejante por largo rato. Una vez probado este icor inmortal, no puede saciarse de él, y como en estas intelecciones existe un poder creador admirable, es de la máxima importancia que estas cosas sean dichas. ¡Qué poco de todo lo que sabemos es dicho! ¡Qué gotas de todo el mar de nuestra ciencia son sacadas a baldes! ¡Y por qué azar son expuestas, cuando tantos secretos duermen en la naturaleza! De ahí la necesidad de la palabra y el canto; de ahí estas palpitaciones y latidos en el orador, a la puerta de la asamblea, con el fin, a saber, de que el pensamiento sea eyaculado como Logos, o Verbo.
No dudes, oh poeta, sino persiste. Di: «Está en mí, y saldrá a la luz». Quédate ahí, desconcertado y mudo, tartamudeando y balbuceando, silbado y abucheado, quédate y lucha, hasta que por fin la rabia extraiga