confianza. Nadie ha expresado jamás sus pesares con tanta ligereza como podría haberlo hecho. Descontemos la exageración en el penco más paciente y castigado que jamás haya sido conducido. Porque es solo lo finito lo que ha obrado y sufrido; lo infinito yace extendido en un reposo sonriente.
La vida intelectual puede mantenerse limpia y sana si el hombre vive la vida de la naturaleza y no importa a su mente dificultades que no son suyas.
Nadie necesita sentirse perplejo en sus especulaciones. Haga y diga lo que le corresponde estrictamente, y aunque sea muy ignorante de los libros, su naturaleza no le producirá ninguna obstrucción ni duda intelectual.
Nuestros jóvenes están enfermos con los problemas teológicos del pecado original, el origen del mal, la predestinación y cosas por el estilo. Estos jamás le han presentado una dificultad práctica a ningún hombre—jamás han ensombrecido el camino de nadie que no se haya desviado de su ruta para ir a buscarlos. Estas son las paperas, el sarampión y la tos ferina del alma, y quienes no los han contraído no pueden describir su salud ni recetar la cura.
Una mente sencilla no conocerá a estos enemigos. Otra cosa muy distinta es que sea capaz de dar cuenta de su fe y exponer a otro la teoría de su unión consigo misma y de su libertad. Esto requiere dones raros. Aun así, sin este autoconocimiento puede haber una fuerza y una integridad silvestres en aquello que él es.
«Unos pocos instintos fuertes y unas pocas reglas sencillas» nos bastan.
Mi voluntad nunca dio a las imágenes de mi mente el rango que ahora ocupano. El curso regular de los estudios, los años de educación