“Yo era una gema oculta; mi rayo ardiente me reveló”.
Toda promesa del alma tiene innumerables cumplimientos; cada uno de sus gozos madura en un nuevo deseo.
La naturaleza, incontenible, fluida, previsora, en el primer destello de bondad anticipa ya una benevolencia que habrá de perder toda consideración particular en su luz general.
La introducción a esta dicha se halla en la relación privada y tierno de uno a uno, que es el encanto de la vida humana; la cual, como un cierto furor divino y entusiasmo, se apodera del hombre en un período y obra una revolución en su mente y en su cuerpo; lo une a su estirpe, lo compromete con las relaciones domésticas y cívicas, lo lleva con una nueva simpatía hacia la naturaleza, acrecienta el poder de los sentidos, abre la imaginación, añade a su carácter atributos heroicos y sagrados, instituye el matrimonio y da permanencia a la sociedad humana.
La asociación natural del sentimiento del amor con la flor de la vida parece requerir que, para retratarlo con tintes vívidos que todo joven y doncella reconozcan como fieles a su experiencia latiente, uno no deba ser demasiado viejo.
Las deliciosas fantasías de la juventud rechazan el más mínimo sabor a filosofía madura, por considerar que enfría con la edad y la pedantería su flor purpúrea. Y por ello sé que incurro en la acusación de innecesaria dureza y estoicismo por parte de quienes componen la Corte y el Parlamento del Amor.
Pero de estos formidables censores habré de apelar ante mis mayores.