los amigos mediante la conformidad con las costumbres de la sociedad, con su atuendo, su educación y sus valoraciones. Pero solo puede ser mi amigo aquella alma con la que me encuentro en la línea de mi propia marcha, aquella alma a la que no desciendo y que no desciende a mí, sino que, natural de la misma latitud celestial, repite en la suya toda mi experiencia.
El erudito se olvida de sí mismo e imita las costumbres y los atuendos del hombre mundano para merecer la sonrisa de la belleza, y sigue a alguna muchacha frívola, a la que la pasión religiosa aún no ha enseñado a conocer a la mujer noble con todo lo que hay de sereno, oracular y hermoso en su alma.
Que sea grande, y el amor le seguirá.
Nada se castiga más severamente que el descuido de las afinidades mediante las cuales únicamente debe formarse la sociedad, y la insensata levedad de elegir a los compañeros según los ojos ajenos.