Que sepamos dónde encontrarlas. Que discriminen entre lo que recuerdan y lo que soñaron, llamen al pan pan y al vino vino, nos den hechos y honren sus propios sentidos con confianza.
Pero ¿qué hombre se atreverá a tachar a otro de imprudente? ¿Quién es prudente? Los hombres a quienes llamamos más grandes son los menores en este reino.
Hay una cierta dislocación fatal en nuestra relación con la naturaleza, que distorsiona nuestros modos de vida y hace de cada ley nuestra enemiga, la cual parece por fin haber despertado todo el ingenio y la virtud del mundo para meditar sobre la cuestión de la Reforma.
Debemos convocar a la más alta prudencia para que nos aconseje, y preguntar por qué la salud, la belleza y el genio deberían ser ahora la excepción y no la regla de la naturaleza humana.
No conocemos las propiedades de las plantas y los animales y las leyes de la naturaleza a través de nuestra simpatía con los mismos; sino que esto sigue siendo el sueño de los poetas. La poesía y la prudencia deberían coincidir. Los poetas deberían ser legisladores; es decir, la inspiración lírica más audaz