estar tan seguro de la información cuando la necesita, el hombre de la calle no conoce ni una estrella en el cielo. No observa el solsticio; del equinoccio sabe igual de poco; y todo el brillante calendario del año carece de un cuadrante en su mente. Sus cuadernos menoscaban su memoria; sus bibliotecas sobrecargan su ingenio; la compañía de seguros incrementa el número de accidentes; y cabe preguntarse si la maquinaria no estorba; si no habremos perdido cierta energía a causa del refinamiento, cierta vigorosa virtud silvestre a causa de un cristianismo atrincherado en establecimientos y formas. Pues todo estoico era un estoico; pero en la Cristiandad, ¿dónde está el cristiano?
No hay más desviación en el nivel moral que en el de la estatura o la corpulencia. No hay hombres más grandes ahora que los que hubo jamás. Puede observarse una singular igualdad entre los grandes hombres de las primeras y de las últimas eras; ni pueden toda la ciencia, el arte, la religión y la filosofía del siglo diecinueve servir para educar