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Compensación

El trabajo es vigilado por las mismas leyes despiadadas. Lo más barato, dicen los prudentes, es el trabajo más costoso. Lo que compramos en una escoba, un felpudo, un carro, un cuchillo, es cierta aplicación del buen sentido a una necesidad común.

Lo mejor es pagar en su tierra a un jardinero experto, o comprar buen sentido aplicado a la jardinería; en su marinero, buen sentido aplicado a la navegación; en la casa, buen sentido aplicado a la cocina, la costura, el servicio; en su agente, buen sentido aplicado a las cuentas y a los negocios. Así usted multiplica su presencia, o se extiende por toda su hacienda.

Pero debido a la doble constitución de las cosas, en el trabajo como en la vida no puede haber engaño. El ladrón se roba a sí mismo. El estafador se estafa a sí mismo.

Porque el precio real del trabajo es el conocimiento y la virtud, de los cuales la riqueza y el crédito son signos. Estos signos, como el papel moneda, pueden ser falsificados o robados, pero aquello que representan, a saber, el conocimiento y la virtud, no puede ser falsificado ni robado.

Estos fines del trabajo no pueden cumplirse sino mediante esfuerzos reales de la mente y en obediencia a puros motivos. El tramposo, el defraudador, el jugador, no pueden extorsionar el conocimiento de la naturaleza material y moral que su cuidado y sus desvelos honestos le procuran al obrero.

La ley de la naturaleza es: haz la cosa y tendrás el poder; pero aquellos que no hacen la cosa no tienen el poder.

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