Epaminondas, valiente y afectuoso, no nos parece necesitar el Olimpo sobre el cual morir, ni el sol sirio. Yace muy bien allí donde está.
Las Yerseys eran tierra bastante hermosa para que la pisara Washington, y las calles de Londres para los pies de Milton. Un gran hombre hace que su clima sea benigno en la imaginación de los hombres, y su aire, el elemento amado de todos los espíritus delicados. Aquel país es el más hermoso que está habitado por las mentes más nobles.
Las imágenes que llenan la imaginación al leer las acciones de Pericles, Jenofonte, Colón, Bayardo, Sidney, Hampden, nos enseñan cuán innecesariamente mezquina es nuestra vida; que nosotros, por la profundidad de nuestra existencia, deberíamos adornarla con un esplendor más que regio o nacional, y actuar sobre principios que interesen al hombre y a la naturaleza en la duración de nuestros días.
Hemos visto u oído hablar de muchos jóvenes extraordinarios que nunca llegaron a madurar, o cuya actuación en la vida real no fue extraordinaria.
Cuando vemos su aire y su porte, cuando les oímos hablar de la sociedad, de los libros, de la religión, admiramos su superioridad; parecen despreciar toda nuestra política y nuestro estado social; el suyo es el tono de un gigante joven enviado a obrar revoluciones.
Pero entran en una profesión activa y el Coloso en formación se encoge hasta alcanzar el tamaño común del hombre. La magia de la que se servían eran las tendencias ideales, que siempre vuelven ridículo lo Actual; pero el duro mundo se vengó en cuanto pusieron a sus caballos del sol a arar en su surco.
No hallaron ningún ejemplo ni ningún compañero, y su corazón desfalleció. ¿Y qué? La lección que dieron en sus primeras aspiraciones sigue siendo verdadera; y un valor mejor y una verdad más pura organizarán algún día su creencia.