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Intelecto

Hablamos con personas consumadas que parecen ser extranjeras en la naturaleza. La nube, el árbol, el césped, el pájaro no son suyos, no tienen nada de ellos; el mundo es solo su posada y su mesa. Pero el poeta, cuyos versos han de ser esféricos y completos, es aquel a quien la naturaleza no puede engañar, por muy extraña que sea la faz que adopte. Siente una consanguinidad estricta y detecta más semejanza que variedad en todos sus cambios. Nos abrasa el deseo de un pensamiento nuevo; pero cuando recibimos un pensamiento nuevo no es más que el viejo pensamiento con una nueva cara, y aunque lo hagamos nuestro al instante anhelamos otro; no nos enriquecemos realmente. Pues la verdad estaba en nosotros antes de que se nos reflejara desde los objetos naturales; y el genio profundo proyectará la semejanza de todas las criaturas en cada producto de su ingenio.

Pero si las fuerzas constructivas son raras y a pocos hombres les es dado ser poetas, sin embargo, todo hombre es receptor de este espíritu santo descendiente, y bien puede estudiar las leyes de su afluencia.

Exactamente paralela es toda la regla del deber intelectual con la regla del deber moral.

Se le exige al erudito una abnegación no menos austera que la del santo. Debe adorar la verdad, y renunciar a todas las cosas por ella, y elegir la derrota y el dolor, para que su tesoro en el pensamiento aumente con ello.

Dios ofrece a toda mente elegir entre la verdad y el reposo. Toma el que quieras⁠—nunca podrás tener ambos. Entre ambos, a manera de péndulo, oscila el hombre. Aquel en quien predomine el amor al reposo aceptará el primer credo, la primera filosofía, el primero partido político que encuentre⁠—lo más probable es que sea el de su padre. Obtiene descanso,

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