Las virtudes son, según la estimación popular, más bien la excepción que la regla. Está el hombre y están sus virtudes. Los hombres realizan lo que se llama una buena acción, como algún acto de valor o caridad, casi como si pagaran una multa en expiación de su inasistencia diaria al desfile.
Sus obras se hacen como disculpa o atenuación de su paso por el mundo—como los inválidos y los dementes pagan una pensión elevada. Sus virtudes son penitencias.
No deseo expiar, sino vivir. Mi vida es para sí misma y no para un espectáculo. Prefiero mucho que sea de una tesitura más baja, con tal de que sea genuina e igual, a que sea rutilante e inestable. Deseo que sea sana y dulce, y que no necesite régimen ni sangrías.
Pido evidencia primaria de que eres un hombre, y rechazo esta apelación del hombre a sus acciones. Sé que para mí no hay diferencia alguna entre hacer o dejar de hacer aquellas acciones que se consideran excelentes. No puedo consentir en pagar por un privilegio que me pertenece por derecho intrínseco.
Por pocos y mezquinos que sean mis dones, en verdad existo, y no necesito para mi propia seguridad ni para la de mis semejantes ningún testimonio secundario.
Lo que debo hacer es todo lo que atañe a mí, no lo que la gente piensa. Esta regla, igualmente ardua en la vida práctica y en la intelectual, puede servir para establecer toda la distinción entre la grandeza y la mezquindad. Es más difícil porque siempre encontrarás a quienes creen saber cuál es tu deber mejor que tú mismo. Es fácil en el mundo vivir según la opinión del mundo; es fácil en la soledad vivir según la nuestra; pero el gran hombre es aquel que en medio