Cierta tendencia a la locura ha acompañado siempre al despertar del sentido religioso en los hombres, como si hubieran sido «fulminados por un exceso de luz».
Los éxtasis de Sócrates, la «unión» de Plotino, la visión de Porfirio, la conversión de Pablo, la aurora de Behmen, las convulsiones de George Fox y sus cuáqueros, la iluminación de Swedenborg, son de esta índole.
Lo que fue en el caso de estas personas notables un arrobamiento, se ha manifestado en innumerables casos de la vida común de un modo menos llamativo.
Por doquier la historia de la religión delata una tendencia al entusiasmo. El arrebato del moravo y del quietista; la apertura del sentido interno de la Palabra, en el lenguaje de la Iglesia de la Nueva Jerusalén; el avivamiento de las iglesias calvinistas; las experiencias de los metodistas, son formas diversas de ese estremecimiento de asombro y deleite con el que el alma individual siempre se funde con el alma universal.
La naturaleza de estas revelaciones es la misma; son percepciones de la ley absoluta. Son soluciones a las propias preguntas del alma. No responden a las preguntas que hace el entendimiento. El alma nunca responde con palabras, sino con la cosa misma por la que se pregunta.
La revelación es la manifestación del alma. La noción popular de una revelación es que se trata de una adivinación del porvenir. En los oráculos pasados del alma, el entendimiento busca hallar respuestas a preguntas sensuales, y se arriesga a decir de parte de Dios cuánto tiempo existirán los hombres, qué harán sus manos y quiénes serán sus compañías, añadiendo nombres, fechas y lugares.