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Política

La misma necesidad benigna y el mismo abuso práctico se manifiestan en los partidos en los que se divide cada Estado, de opositores y defensores de la administración del gobierno. Los partidos también se fundan en instintos, y poseen mejores guías para sus modestos fines que la sagacidad de sus líderes. No hay nada perverso en su origen, sino que señalan rudamente alguna relación real y duradera. Con la misma sabiduría podríamos reprochar al viento del este o a la helada que a un partido político, cuyos miembros, en su mayor parte, no sabrían dar cuenta de su postura, sino que defienden aquellos intereses en los que se encuentran. Nuestro conflicto con ellos comienza cuando abandonan este profundo terreno natural a instancias de algún líder y, obedeciendo a consideraciones personales, se lanzan al mantenimiento y la defensa de puntos que de ningún modo pertenecen a su sistema. Un partido se corrompe perpetuamente por la personalidad. Si bien absolvemos a la asociación de deshonestidad, no podemos extender la misma indulgencia a sus líderes. Ellos cosechan las recompensas de la docilidad y el celo de las masas que dirigen. Ordinariamente, nuestros partidos son partidos de circunstancias, y no de principios; como el sector agrícola en conflicto con el comercial; el partido de los capitalistas y el de los obreros; partidos que son idénticos en su carácter moral, y que pueden cambiar fácilmente de bando en apoyo de muchas de sus medidas. Los partidos de principios —como las sectas religiosas, o el partido del libre comercio, del sufragio universal, de la abolición de la esclavitud, de la abolición de la pena de muerte— degeneran en personalidades, o bien inspirarían entusiasmo. El vicio de nuestros principales partidos en este país (que puede citarse como una muestra justa de estas sociedades de opinión) es que no se

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