el poder de la rectitud como para inspirarle el amplio designio de renovar el Estado basándose en el principio del derecho y del amor. Todos aquellos que han fingido este designio han sido reformadores parciales, y han admitido de algún modo la supremacía del mal Estado. No recuerdo a un solo ser humano que haya negado firmemente la autoridad de las leyes sobre el simple fundamento de su propia naturaleza moral. Semejantes designios, tan llenos de genio y de destino como son, no se albergan a menos que sea declaradamente como meras ilusiones aéreas. Si el individuo que los expone se atreve a creerlos prácticos, disgusta a los eruditos y a los clérigos; y los hombres de talento y las mujeres de sentimientos superiores no pueden ocultar su desprecio. No por ello la naturaleza deja de colmar el corazón de la juventud con sugerencias de este entusiasmo, y hay ahora hombres —si es que de verdad puedo hablar en plural—, más exactamente, diré que acabo de conversar con un hombre a quien ningún peso de experiencia adversa le hará parecer imposible ni por un momento que miles de seres humanos puedan ejercer entre sí los más grandiosos y sencillos sentimientos, al igual que un grupo de amigos o una pareja de amantes.
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Política
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