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Reformadores de Nueva Inglaterra

¿Qué remedio hay? La vida debe vivirse en un plano superior. Debemos ascender a una plataforma más alta, a la que siempre se nos invita a subir; allí, todo el aspecto de las cosas cambia. Me resisto al escepticismo de nuestra educación y de nuestros hombres instruidos. No creo que las diferencias de opinión y de carácter en los hombres sean orgánicas. No reconozco, además de la clase de los buenos y sabios, una clase permanente de escépticos, ni una clase de conservadores, ni de malvados, ni de materialistas. No creo en dos clases. Recordáis la historia de la pobre mujer que importunó al rey Filipo de Macedonia para que le hiciera justicia, lo cual Filipo rehusó: la mujer exclamó: «¡Apelo!»; el rey, asombrado, preguntó a quién apelaba; la mujer respondió: «De Filipo ebrio a Filipo sobrio». El texto me vendrá muy bien. Yo no creo en dos clases de hombres, sino en el hombre en dos estados de ánimo, en Filipo ebrio y Filipo sobrio. Pienso, según la bondadosa palabra de Platón: «Involuntariamente el alma es privada de la verdad». Conservador empedernido, avaro o ladrón, ningún hombre lo es sino por una supuesta necesidad que tolera debido a la estrechez o torpeza de su visión. El alma no deja ir a ningún hombre sin algunas visitas y días festivos de una presencia más divina. Sería fácil demostrar, mediante un examen minucioso de la biografía de cualquier hombre, que no estamos tan casados con nuestras mezquinas realizaciones de todo tipo como para que todo hombre no tenga a intervalos la gracia de despreciar sus realizaciones al compararlas con su creencia de lo que debería hacer; —que se pone del lado de sus enemigos, escuchando con agrado lo que dicen de él y acusándose a sí mismo de las mismas cosas.

¿Qué es lo que los hombres aman en el Genio, sino su esperanza infinita, que degrada todo lo que ha hecho? El Genio considera todos sus

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