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El alma soberana

He aquí, dice, he nacido en la gran mente universal. Yo, el imperfecto, adoro a mi propio Perfecto. De algún modo soy receptivo del gran alma, y por ello paso por alto el sol y las estrellas y siento que son los bellos accidentes y efectos que cambian y pasan. Más y más las olas de la naturaleza eterna entran en mí, y me vuelvo público y humano en mis miradas y acciones. Así llego a vivir en pensamientos y a actuar con energías que son inmortales.

Así, reverenciando el alma, y aprendiendo, como decía el antiguo, que «su belleza es inmensa», el hombre llegará a ver que el mundo es el perenne milagro que obra el alma, y se asombrará menos de las maravillas particulares; aprenderá que no hay historia profana; que toda historia es sagrada; que el universo está representado en un átomo, en un momento del tiempo.

No tejerá ya una vida abigarrada de retazos y remiendos, sino que vivirá con una unidad divina. Cesará en lo que su vida tiene de bajo y frívolo y se contentará con todos los lugares y con cualquier servicio que pueda prestar. Afrontará con calma el mañana en la negligencia de esa confianza que lleva a Dios consigo y tiene así ya todo el futuro en el fondo del corazón.

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