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Leyes espirituales

la misma corriente de pensamiento, emoción tan pura, ingenio tan sutil, movimientos tan raudos, elevados, extravagantes, y un corazón tan grande, autosuficiente, intrépido, que sobre las olas de su amor y su esperanza puede elevar todo lo que se considera sólido y precioso en el mundo —palacios, jardines, dinero, armadas, reinos—, señalando su propio valor incomparable por el desdén que arroja sobre estas vanidades de los hombres; todo esto es suyo, y por el poder de esto despierta a las naciones.

Que el hombre crea en Dios, y no en nombres, lugares y personas.

Que la gran alma encarnada en alguna forma de mujer, pobre, triste y soltera, en alguna Dolly o Juana, vaya al servicio doméstico, y barra habitaciones y friegue suelos, y sus fulgurantes rayos diurnos no podrán ser sofocados ni ocultados, sino que barrer y fregar parecerán al instante acciones supremas y hermosas, la cumbre y el esplendor de la vida humana, y toda la gente tomará mopas y escobas; hasta que, ¡he aquí!, de pronto la gran alma se haya consagrado en otra forma y haya realizado alguna otra acción, y esa sea ahora la flor y la cúspide de toda la naturaleza viviente.

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