En vano componemos nuestros rostros y nuestras palabras; mantiene una comunicación incontrolable con el enemigo, y este nos responde cortésmente, pero cree en el espíritu. Exclamamos: «¡Hay un traidor en la casa!», pero al fin resulta que él es el hombre verdadero, y yo soy el traidor. Este canal abierto hacia la vida suprema es la primera y última realidad, tan sutil, tan silenciosa, mas tan tenaz que, aunque nunca haya expresado la verdad, y aunque jamás haya escuchado su expresión de labios de otro, sé que la verdad entera está aquí para mí. ¿Y qué si no puedo responder a tus preguntas? No me aflige no poder formular una réplica a la pregunta: ¿Cuál es la operación que llamamos Providencia? Ahí yace la cosa no dicha, presente, omnipresente. Cada vez que conversamos procuramos traducirla en palabras, pero ya acierte o ya erre, poseemos el hecho. Todo discurso es una respuesta aproximada: mas tiene escasa importancia que no logremos verterla en verbos y nombres, mientras ella permanece para la contemplación por siempre.
Si los augurios del corazón profético se cumplen con el tiempo, el hombre que ha de nacer, cuya llegada los hombres y los acontecimientos preparan y anuncian, es alguien que gozará de su conexión con una vida superior, con el hombre dentro del hombre; destruirá la desconfianza con su confianza, utilizará sus métodos nativos pero olvidados, no pedirá consejo a la carne y a la sangre, sino que confiará en la Ley viva y hermosa que obra sobre nuestras cabezas y bajo nuestros pies. Sin piedad, se vale de nuestro éxito cuando la obedecemos, y de nuestra ruina cuando la contravenimos. Los hombres son todos creyentes secretos en ella, de otro modo la palabra justicia no tendría significado: creen que lo mejor es lo verdadero; que al fin se hace justicia; o el caos sobrevendría. Reúne las acciones según su naturaleza, y no según el designio del agente.