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Heroísmo

Los magnánimos saben muy bien que quienes dan tiempo, dinero o refugio al extraño —con tal de que se haga por amor y no por ostentación—, por decirlo así, contraen una deuda con Dios, tan perfectas son las compensaciones del universo. De algún modo, el tiempo que parecen perder se redime y los dolores que parecen tomarse se remuneran a sí mismos. Estos hombres avivan la llama del amor humano y elevan el nivel de la virtud civil entre la humanidad.

Pero la hospitalidad debe ser para el servicio y no para el lucimiento, o destruye al anfitrión. El alma valiente se valora demasiado a sí misma como para medirse por el esplendor de su mesa y sus tapices. Da lo que tiene, y todo lo que tiene, pero su propia majestad puede conferirle una gracia mejor a unos bollos de cebada y agua fresca que la que pertenece a los banquetes de la ciudad.

La templanza del héroe procede del mismo deseo de no deshonrar el mérito que posee. Pero la ama por su elegancia, no por su austeridad. No le parece que valga la pena ser solemne y vituperar con amargura el consumo de carne o de vino, el uso

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