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Arte

asombra tanto a los hombres como el sentido común y la franqueza. Todas las grandes acciones han sido simples, y todos los grandes cuadros lo son.

La Transfiguración, de Rafael, es un ejemplo eminente de este mérito peculiar. Una calma y benigna belleza brilla en todo este cuadro y va directamente al corazón. Parece casi llamarte por tu nombre. El rostro dulce y sublime de Jesús está más allá de toda alabanza, ¡sin embargo, cómo defrauda todas las expectativas floridas! Este semblante familiar, sencillo y elocuente es como si uno se encontrara con un amigo. El conocimiento de los marchantes de arte tiene su valor, pero no escuches sus críticas cuando tu corazón sea tocado por el genio. No fue pintado para ellos, fue pintado para ti; para aquellos que tenían ojos capaces de dejarse conmover por la sencillez y las altas emociones.

Sin embargo, cuando hayamos dicho todas nuestras hermosas palabras sobre las artes, debemos terminar con una franca confesión: que las artes, tal como las conocemos, son apenas iniciales. Nuestra mejor alabanza se otorga a lo que aspiraron y prometieron, no al resultado real. Tiene un concepto mezquino de los recursos del hombre quien cree que la mejor época de producción ha quedado atrás. El verdadero valor de la Ilíada o de la Transfiguración es el de ser signos de poder; son olas u ondeos de la corriente de tendencia; muestras del esfuerzo eterno por producir, que el alma delata aun en su peor estado. El arte aún no ha alcanzado su madurez si no se pone a la par de las influencias más potentes del mundo, si no es práctico y moral, si no está en conexión con la conciencia, si no hace que el pobre y el inculto sientan que se dirige a ellos con una voz de elevado aliento. Hay una obra superior para el Arte que las artes. Estas son nacimientos abortados de un instinto imperfecto o viciado. El Arte es la necesidad de

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