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Compensación

ser la compensación pretendida; pues, ¿qué otra si no? ¿Acaso se trata de que se les concederá el permiso de orar y alabar? ¿De amar y servir a los hombres? Vaya, eso ya pueden hacerlo ahora. La deducción lógica que el discípulo sacaría era: «Vamos a pasarlo tan bien como los pecadores ahora»;⁠—o, llevándolo a su extremo significado: «Tú pecas ahora; nosotros pecaremos luego; pecaríamos ahora, si pudiéramos; como no tenemos éxito, esperamos nuestra venganza mañana».

La falacia residía en la inmensa concesión de que los malos tienen éxito; de que la justicia no se cumple ahora.

La ceguera del predicador consistió en someterse a la baja estimación del mercado sobre lo que constituye un éxito varonil, en lugar de enfrentar y convencer al mundo a partir de la verdad; proclamando la presencia del alma; la omnipotencia de la voluntad; y estableciendo así la norma del bien y del mal, del éxito y de la falsedad.

Encuentro un tono de fondo similar en las obras religiosas populares de la época y las mismas doctrinas asumidas por los literatos cuando ocasionalmente tratan temas afines.

Creo que nuestra teología popular ha ganado en decoro, y no en principio, respecto a las supersticiones que ha desplazado. Pero los hombres son mejores que su teología. Su vida cotidiana la desmiente.

Toda alma ingenua y aspirante deja atrás la doctrina en su propia experiencia, y todos los hombres sienten a veces la falsedad que no pueden demostrar. Pues los hombres son más sabios de lo que creen.

Aquello que escuchan en las escuelas y en los púlpitos sin segunda intención, si se dijese en una conversación probablemente sería cuestionado en silencio. Si un hombre dogmatiza en una reunión variada sobre la Providencia y las leyes divinas, se le responde con un silencio que transmite bastante bien a un observador la insatisfacción del oyente, pero también su incapacidad para formular su propia postura.

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