expresión maravillosa, a través de la piedra, el lienzo o el sonido musical, de los atributos más hondos y sencillos de nuestra naturaleza, y por ende más inteligibles al fin para aquellas almas que poseen dichos atributos—. En las esculturas de los griegos, en la albañilería de los romanos y en las pinturas de los maestros toscanos y venecianos, el encanto supremo es el lenguaje universal que hablan. Una confesión de naturaleza moral, de pureza, amor y esperanza, resplandece en todas ellas. Lo que llevamos hacia ellas, eso mismo traemos de vuelta bellamente ilustrado en la memoria. El viajero que visita el Vaticano y transita de sala en sala por galerías de estatuas, vasos, sarcófagos y candelabros, a través de todas las formas de belleza labradas en los materiales más ricos, corre el peligro de olvidar la sencillez de los principios de los cuales brotaron todas ellas, y que tuvieron su origen en pensamientos y leyes de su propio pecho. Estudia las reglas técnicas de estos restos maravillosos, pero olvida que estas obras no estuvieron siempre así consteladas; que son las aportaciones de muchas épocas y muchos países; que cada una salió del solitario taller de un artista que laboraba quizá ignorando la existencia de otra escultura, que creó su obra sin más modelo que la vida, la vida doméstica, y el dulzor y el dolor de las relaciones personales, de los corazones que laten y las miradas que se encuentran; de la pobreza, la necesidad, la esperanza y el temor. Esas fueron sus inspiraciones, y esos son los efectos que transporta a vuestro corazón y a vuestra mente. En proporción a su fuerza, el artista hallará en su obra una vía de expresión para su propio carácter. No debe verse de ningún modo coartado ni estorbado por su material, sino que, debido a su necesidad de comunicarse, el diamante será cera en sus manos y permitirá una transmisión adecuada de sí mismo, en su plena estatura y proporción. No necesita agobiarse con una naturaleza y una cultura convencionales, ni preguntar cuál es la moda en Roma o en París; antes bien, aquella casa, aquel clima y aquel modo de vida que la pobreza y el sino del nacimiento han hecho a la vez tan aborrecidos y tan queridos, en la cabaña de madera gris sin pintar, en el rincón de una granja de Nuevo Hampshire, o en la
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