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Leyes espirituales

académica y profesional no me han proporcionado mejores datos que algunos libros ociosos bajo el banco en la Escuela Latina. Lo que no llamamos educación es más precioso que aquello que así llamamos. No nos hacemos ninguna idea, en el momento de recibir un pensamiento, de su valor comparativo. Y la educación a menudo desperdicia su esfuerzo en intentos por frustrar y obstaculizar este magnetismo natural, que con certeza seleccionará lo que le pertenece.

De igual manera, nuestra naturaleza moral se vicia por cualquier interferencia de nuestra voluntad.

La gente representa la virtud como una lucha, y se da grandes aires debido a sus logros, y por todas partes se debate, cuando se elogia a una naturaleza noble, si no es mejor el hombre que lucha contra la tentación. Pero no hay mérito alguno en ello. O Dios está ahí o no está ahí.

Amamos los personajes en la medida en que son impulsivos y espontáneos. Cuanto menos piensa o sabe un hombre acerca de sus virtudes, más nos agrada.

Las victorias de Timoleón son las mejores victorias, las cuales corrían y fluían como los versos de Homero, decía Plutarco. Cuando vemos un alma cuyos actos son todos regios, graciosos y agradables como las rosas, debemos agradecer a Dios que tales cosas puedan ser y sean, y no volviernos agriamente hacia el ángel para decirle: «Crump es un hombre mejor con su resistencia gruñona a todos sus demonios nativos».

No menos conspicuua es la preponderancia de la naturaleza sobre la voluntad en toda la vida práctica. Hay menos intención en la historia de la que le atribuimos. Atribuimos planes profundos y clarividentes a César y a Napoleón; pero lo mejor de su poder residía en la naturaleza, no en ellos.

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