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Confianza en uno mismo

Un hombre debe aprender a distinguir y observar ese destello de luz que cruza por su mente desde el interior, más que el fulgor del firmamento de bardos y sabios.

Sin embargo, desecha sin prestarle atención su propio pensamiento, por el hecho de ser suyo.

En toda obra de genio reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados; vuelven a nosotros con una cierta majestad alienada. Las grandes obras de arte no tienen lección más conmovedora para nosotros que esta. Nos enseñan a mantenernos fieles a nuestra impresión espontánea con inflexible buen humor, sobre todo cuando el clamor de todas las voces está en contra.

De lo contrario, mañana un extraño dirá con magistral buen sentido precisamente lo que hemos pensado y sentido todo el tiempo, y nos veremos obligados a tomar con vergüenza nuestra propia opinión de labios de otro.

Hay un momento en la educación de todo hombre en el que llega a la convicción de que la envidia es ignorancia; de que la imitación es suicidio; de que debe aceptarse a sí mismo para bien o para mal como su porción; de que, aunque el vasto universo está lleno de bienes, ningún grano de maíz nutritivo puede llegarle sino a través de su esfuerzo dedicado a esa parcela de tierra que se le ha dado para cultivar. El poder que reside en él es nuevo en la naturaleza, y nadie excepto él sabe lo que es capaz de hacer, ni él mismo lo sabe hasta que lo ha intentado. No por nada un rostro, un carácter, un hecho, le causan gran impresión, y otro ninguna. Esta escultura en la memoria no carece de una armonía preestablecida. El ojo fue colocado donde un rayo debía caer, para que pudiera dar testimonio de ese rayo en particular. Apenas nos expresamos a medias, y nos avergonzamos de esa idea divina que cada uno de nosotros representa. Se puede confiar plenamente en ella como

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