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Política

afianzan en las bases profundas y necesarias a las que respectivamente tienen derecho, sino que se soliviantan hasta la furia para sacar adelante alguna medida local y momentánea, en nada útil para la república. De los dos grandes partidos que a esta hora casi se reparten la nación entre ellos, yo diría que uno tiene la mejor causa y el otro contiene a los mejores hombres. * El filósofo, el poeta o el hombre religioso desearán por supuesto emitir su voto con el demócrata, por el libre comercio, por el sufragio amplio, por la abolición de las crueldades legales en el código penal, y por facilitar de cualquier manera el acceso de los jóvenes y de los pobres a las fuentes de la riqueza y el poder. Pero raramente puede aceptar a las personas que el llamado partido popular le propone como representantes de estas generosidades. No llevan en el corazón los fines que otorgan a la nombre de la democracia la esperanza y la virtud que hay en ella. El espíritu de nuestro radicalismo estadounidense es destructivo y carece de rumbo: no es amoroso; no tiene fines ulteriores y divinos, sino que es destructivo únicamente por odio y egoísmo. Por otro lado, el partido conservador, compuesto por la parte más moderada, capaz y culta de la población, es tímido y se limita a defender la propiedad. No reivindica ningún derecho, no aspira a ningún bien real, no estigmatiza ningún crimen, no propone ninguna política generosa; no edifica, ni escribe, ni aprecia las artes, ni fomenta la religión, ni funda escuelas, ni alienta la ciencia, ni emancipa al esclavo, ni favorece a los pobres, ni al indio, ni al inmigrante. > De ninguno de los dos partidos, cuando están en el poder, tiene el mundo beneficio alguno que esperar en la ciencia, el arte o la humanidad, que sea en absoluto equiparable a los recursos de

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