exclusividad de su propio pensamiento, y luego nos entrega a otro redentor, parecemos recuperar nuestros derechos, convertirnos en hombres. ¡Oh, qué verdades profundas y ejecutables solo en eras y orbes se presuponen en el anuncio de cada verdad! En las horas comunes, la sociedad permanece fría y estatuaria. Todos aguardamos, vacíos —sabiendo, tal vez, que podemos estar llenos, rodeados de poderosos símbolos que no son símbolos para nosotros, sino prosa y juguetes triviales—. Entonces llega el dios y convierte las estatuas en hombres de fuego, y con un destello de sus ojos quema el velo que lo envuelve todo, y el significado de los propios muebles, de la taza y el platillo, de la silla, el reloj y el cielo de cama, se hace manifiesto. Los hechos que se alzaban tan grandes entre las nieblas de ayer —la propiedad, el clima, la crianza, la belleza personal y cosas por el estilo— han cambiado extrañamente sus proporciones. Todo lo que dábamos por sentado tiembla y repiquetea; y las literaturas, las ciudades, los climas, las religiones, abandonan sus cimientos y danzan ante nuestros ojos. ¡Y aun así, hé aquí de nuevo la rápida circunspección! Tan bueno como es el discurso, el silencio es mejor, y lo avergüenza. La extensión del discurso indica la distancia de pensamiento entre el que habla y el que escucha. Si estuviesen en perfecto entendimiento en alguna parte, no serían necesarias las palabras al respecto. Si estuviesen unidos en todas partes, no se toleraría palabra alguna.
La literatura es un punto fuera de nuestro círculo hodierno mediante el cual puede describirse uno nuevo. La utilidad de la literatura es brindarnos una plataforma desde la cual podamos dominar una vista de nuestra vida presente, un punto de apoyo con el cual podamos moverla. Nos llenamos de sabiduría antigua, nos instalamos lo mejor que podemos en casas griegas, púnicas, romanas, solo para ver con mayor sabiduría las casas y modos de vida franceses, ingleses y estadounidenses.