construir bien ninguna casa si no sabe algo de anatomía. Cuando Sócrates, en el Cármides, nos dice que el alma es curada de sus dolencias por ciertos ensalmos, y que estos ensalmos son hermosos razonamientos, de los cuales se genera la templanza en las almas; cuando Platón llama al mundo un animal; y Timeo afirma que las plantas también son animales; o afirma que el hombre es un árbol celestial, que crece con su raíz —que es su cabeza— hacia arriba; y, como escribe George Chapman, siguiendo sus pasos—
“Así en nuestro árbol del hombre, cuya raíz nervuda brota de su copa;”—
cuando Orfeo habla de la canicie como «esa blanca flor que señala la extrema vejez»; cuando Proclo llama al universo la estatua del intelecto; cuando Chaucer, en su elogio de la «Gentilesse», compara la buena sangre en condición humilde con un fuego que, aunque sea llevado a la más oscura casa entre este lugar y el monte Cáucaso, mantendrá su oficio natural y arderá tan brillante como si veinte mil hombres lo contemplaran; cuando Juan vio, en el Apocalipsis, la ruina del mundo a causa del mal, y las estrellas caer del cielo como la higuera echa su fruto destemplado; cuando Esopo relata todo el catálogo de las relaciones cotidianas comunes mediante la mascarada de aves y bestias;—tomamos la alegre pista de la inmortalidad de nuestra esencia y de su hábito versátil y sus fugas, como cuando los gitanos dicen «es en vano ahorcarlos, no pueden morir».
Los poetas son así dioses liberadores. Los antiguos bardos británicos llevaban como título de su orden: «Aquellos que son libres por todo el mundo». Son libres y hacen libres. Un libro imaginativo nos presta mucho más servicio al principio, estimulándonos mediante sus tropos, que después, cuando llegamos al sentido preciso del autor.