Los señores de la vida, los señores de la vida— Los vi pasar, Con su propio disfraz, Iguales y distintos, Corpulentos y sombríos, Hábito y Sorpresa, Superficie y Sueño, Sucesión rauda y agravio espectral, Temperamento sin lengua, Y el inventor del juego Omnipresente sin nombre;— Unos para ver, otros para adivinar, Marcharon de este a oeste: Hombrecito, el menor de todos, Entre las piernas de sus altos guardianes, Caminaba con mirada perpleja:— A él de la mano lo tomó la entrañable Naturaleza; Cariñosa Naturaleza, fuerte y bondadosa, Le susurró: «¡Cariño, no te preocupes! ¡Mañana llevarán otro rostro, El creador eres tú! ¡estos son tu estirpe!»
¿Dónde nos encontramos? En una serie de la que no conocemos los extremos, y creemos que no los tiene. Nos despertamos y nos hallamos en una escalera; hay escaleras debajo de nosotros, que parece que hemos ascendido; hay escaleras encima de nosotros, unas cuantas, que ascienden y se pierden de vista. Pero el Genio que, según la antigua creencia, se halla a la puerta por la que entramos y nos da a beber el leteo, para que no contemos historias, mezcló la copa con demasiada fuerza, y ahora, en pleno mediodía, no podemos sacudirnos el letargo. El sueño ronda nuestros ojos durante toda la vida, así como la noche aletea todo el día entre las ramas del abeto. Todo nada y reluce. Nuestra percepción se ve amenazada más aún que nuestra vida. Como fantasmas nos deslizamos por la naturaleza, y no volveríamos a reconocer nuestro lugar.