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Amor

Pero el sino de la humanidad recae sobre estos niños. El peligro, la tristeza y el dolor les llegan a ellos, como a todos. El amor reza. Establece pactos con el Poder Eterno en nombre de este querido compañero. La unión que así se efectúa y que añade un nuevo valor a cada átomo de la naturaleza —pues transmuta cada hilo de toda la red de relaciones en un rayo de oro, y baña el alma en un elemento nuevo y más dulce— es, sin embargo, un estado temporal.

No siempre las flores, las perlas, la poesía, las protestaciones, ni siquiera el hogar en otro corazón, pueden contentar al terrible alma que habita en el barro.

Se despierta por fin de estas caricias, tenidas por juguetes, y se pone el arnés y aspira a vastos y universales objetivos.

El alma que está en el alma de cada uno, anhelando una beatitud perfecta, detecta incongruencias, defectos y desproporción en el comportamiento del otro. De ahí surgen la sorpresa, la expostulación y el dolor.

Sin embargo, lo que los atraía mutuamente eran signos de hermosura, signos de virtud; y estas virtudes están ahí, por muy eclipsadas que estén. Aparecen y reaparecen y siguen atraídos; pero la mirada cambia, abandona el signo y se adhiere a la sustancia. Esto repara el afecto herido.

Mientras tanto, a medida que la vida transcurre, resulta ser un juego de permutación y combinación de todas las posiciones posibles de las partes, para emplear todos los recursos de cada una y familiarizar a cada una con la fuerza y la debilidad de la otra.

Pues es la naturaleza y el fin de esta relación que se representen el género humano el uno al otro.

Todo lo que hay en el mundo, que es o debe ser conocido, está hábilmente tejido en la textura del hombre, de la mujer:⁠—

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