los encantadores y a los de noble espíritu, a medida que de vez en cuando pasan por mi puerta. Quien me oye, quien me comprende, se vuelve mío—una posesión para siempre. Ni es la Naturaleza tan pobre como para no darme este gozo varias veces, y así tejemos hilos sociales propios, una nueva red de relaciones; y, al materializarse en sucesión muchos pensamientos, nos hallaremos poco a poco en un mundo nuevo de nuestra propia creación, y ya no seremos extranjeros ni peregrinos en un globo tradicional.
Mis amigos han venido a mí sin ser buscados. El gran Dios me los dio.
Por el más antiguo de los derechos, por la afinidad divina de la virtud consigo misma, los encuentro, o más bien no yo, sino la Divinidad en mí y en ellos se burla y anula los gruesos muros del carácter individual, la relación, la edad, el sexo, la circunstancia, que por lo común tolera, y ahora hace de muchos uno.
Altas gracias os debo, excelentes amantes, que lleváis el mundo para mí hacia nuevas y nobles profundidades, y ampliáis el significado de todos mis pensamientos. Estas son nueva poesía del primer Bardo —poesía sin fin—, himno, oda y épica, poesía que aún fluye, Apolo y las Musas cantando todavía.
¿Se apartarán también estos de mí otra vez, o algunos de ellos? No lo sé, pero no lo temo; pues mi relación con ellos es tan pura, que nos sostenemos por simple afinidad, y siendo el Genio de mi vida tan social, esa misma afinidad ejercerá su energía sobre cualquiera que sea tan noble como estos hombres y mujeres, dondequiera que yo esté.
Confieso una ternura de la naturaleza extrema en este punto. Casi me resulta peligroso «aplastar el dulce veneno del vino mal empleado» de los afectos. Una persona nueva es para mí un gran acontecimiento y me quita el sueño. A menudo he tenido bellas fantasías sobre las personas que me