El milagro de la vida, que no se dejará explicar sino que seguirá siendo un milagro, introduce un nuevo elemento. En el crecimiento del embrión, Sir Everard Home, creo, observó que la evolución no partía de un punto central, sino que era coactiva desde tres o más puntos. La vida no tiene memoria. Aquello que procede en sucesión podría recordarse, pero lo que es coexistente, o brota de una causa más profunda, aún muy lejos de ser consciente, ignora su propia tendencia. Así nos ocurre a nosotros, ora escépticos o carentes de unidad —por hallarnos inmersos en formas y efectos que parecen tener todos un valor igual y a la vez hostil—, ora religiosos, al recibir la ley espiritual. Tolerad estas distracciones, este crecimiento coetáneo de las partes; algún día serán miembros y obedecerán a una sola voluntad. En esa única voluntad, en esa causa secreta, clavan nuestra atención y nuestra esperanza. De este modo, la vida se funde en una expectativa o en una religión. Bajo los detalles desarmónicos y triviales hay una perfección musical; el Ideal viaja siempre con nosotros, el cielo sin rasgaduras ni costuras. Observad tan solo el modo de nuestra iluminación. Cuando converso con una mente profunda, o si en algún momento, estando a solas, tengo buenos pensamientos, no alcanzo la satisfacción de inmediato, como cuando tengo sed y bebo agua, o voy al fuego si tengo frío; ¡no!, sino que primero se me avisa de mi proximidad a una nueva y excelente región de la vida. Al persistir en la lectura o en el pensamiento, esta región da nuevas señales de sí misma, como en destellos de luz, en repentinos descubrimientos de su profunda belleza y reposo, cual si las nubes que la cubrían se abrieran a intervalos y mostraran al viajero que se aproxima las montañas del interior, con las tranquilas y eternas praderas extendidas a su base, donde pastan los rebaños y los pastores tañen la flauta y bailan.
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