lugar, de tú y yo, de ganancia y perjuicio tiranizan las mentes de la mayoría de los hombres. El intelecto separa el hecho considerado de ti, de toda referencia local y personal, y lo discierne como si existiera por sí mismo. Heráclito consideraba los afectos como neblinas densas y teñidas. En la niebla de los afectos del bien y del mal le es difícil al hombre avanzar en línea recta. El intelecto carece de afecto y ve un objeto tal como se presenta a la luz de la ciencia, fresco y desvinculado. El intelecto sale del individuo, flota sobre su propia personalidad y la considera como un hecho, y no como un yo y mío. Quien está sumergido en lo que concierne a la persona o al lugar no puede ver el problema de la existencia. En esto medita siempre el intelecto. La naturaleza muestra todas las cosas formadas y ligadas. El intelecto atraviesa la forma, salta por encima del muro, detecta la semejanza intrínseca entre cosas remotas y reduce todas las cosas a unos pocos principios.
El hecho de convertir un dato en objeto del pensamiento lo eleva. Todo ese cúmulo de fenómenos mentales y morales de los cuales no hacemos objetos de pensamiento voluntario cae bajo el poder de la fortuna; constituyen la circunstancia de la vida diaria; están sujetos al cambio, al miedo y a la esperanza. Todo hombre contempla su condición humana con cierto grado de melancolía. Así como un barco varado es golpeado por las olas, el hombre, prisionero de la vida mortal, queda expuesto a la merced de los acontecimientos futuros. Pero una verdad, aislada por el intelecto, deja de ser materia del destino. La contemplamos como a un dios erigido por encima de la zozobra y el temor.