Es verdad que la semana próxima tendré estados de ánimo lánguidos, en los que bien podré permitirme ocuparme de objetos ajenos; entonces lamentaré la literatura perdida de vuestra mente y desearé que volváis a estar a mi lado. Pero si venís, tal vez colméis mi mente solo de nuevas visiones; no con vosotras mismas sino con vuestros brillos, y no podré, ni más ni menos que ahora, conversar con vosotras.
Así deberé a mis amigos este trato evanescente. Recibiré de ellos no lo que tienen, sino lo que son. Me darán aquello que propiamente no pueden dar, pero que emana de ellos. Mas no me retendrán mediante ninguna relación menos sutil y pura. Nos encontraremos como si no nos encontráramos, y nos separaremos como si no nos separáramos.
Me ha parecido últimamente más posible de lo que sabía sobrellevar una amistad de manera noble, por un lado, sin la debida correspondencia por el otro. ¿Por qué he de agobiarme con remordimientos de que el receptor no sea capaz? Al sol nunca le